Sirena de Fiji

Una ilusión que quisimos creer…

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Los seres humanos hemos creído en las sirenas desde hace siglos. Ellas aparecen continuamente en la mitología –como la diosa fenicia de la luna, Artegatis-, en la literatura –Confesiones de una sirena de Lord Tennyson- e incluso en los ensayos sobre historia natural –que serán nombrados en esta entrada. Es un ser que ha sido ensalzado por los poetas como una mujer hermosa hasta la cintura con una larga y escamosa cola de pez, aunque sus cuerpos momificados o su piel dan un aire de terror.

Una vez me senté en un promontorio, y escuché a una sirena sobre el lomo de un delfín que emitía un sonido tan dulce y armonioso, que el violento mar se aplacó al escucharlo y ciertas estrellas salieron de sus esferas para escuchar la música de la doncella del mar. (Shakespeare, El sueño de una noche de verano)

En La sirena de Fiji y otros ensayos sobre historia natural y no natural se registra la aparición de una sirena atrapada viva en Holanda en 1403. Otra enviada como regalo al rey Segismundo de Polonia en 1531, jóvenes tritones atrapados cerca de la isla de Man –en las Islas británicas- en 1800, así como tres sirenas disecadas exhibidas en Londres en 1830 y una más en 1660 en Holanda.

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Sirena disecada

La fabricación de sirenas por artesanos o pescadores hábiles en Japón tiene una gran tradición, ya que eran usadas en ceremonias o exhibidas por dinero. Su comercio fue común en Europa y Estados Unidos en el siglo  XVII y XIX, miles de personas estaban convencidas de que eran reales, contrariamente a la opinión de los más destacados naturalistas y zoólogos.

El mejor ejemplo de esto es la Sirena de Fiji. Comprada en las Indias Orientales por Samuel Barrett Eades, fue exhibida en el café Turf de Londres en 1822 y se le llamó  Doncella del mar. En ese mismo año, se publicó en Gentleman’s Magazine una carta del Doctor Philip, representante de la London Missionary Society. En la misma se describían minuciosamente los rasgos contraídos de la supuesta sirena, la cabeza que asemejaba a la de un mono, los ojos, la nariz, barbilla, dedos y uñas parecidas a un ser humano y el aire de terror.

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Grabado de la Sirea de Fiji de P. T. Barnum

En la misma revista, el Doctor Rees Price publicó sus conclusiones después de haber examinado al espécimen disecado. Ante sus ojos, era una sirena auténtica, no había una unión aparente entre el torso y la cola de pez. Sin embargo, al decir Eades en un periódico que el decano de los anatomistas de la ciudad –sir Everard Home- había confirmado la autenticidad de la sirena, el decano lo desmintió e hizo público un texto en el que se revelaba la falsedad de la misma –el cual realizó con apoyo de su asistente William Clift.

Resultó que el espécimen medía 86 cm, tenía un cráneo y torso de orangután hembra adulto, pero mandíbulas y dientes de un mandril grande. Asimismo, la piel de la cara estaba unida artificialmente a la de la cabeza por encima de los ojos –los cuales eran artificiales –y  la nariz. El público se negó a verla más, fue llamado ignorante por todos los periódicos y se había revelado la verdad, no tenía caso ver a un ser tan monstruoso que ni siquiera era una sirena, sino una creación.

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P. T. Barnum en la época e que adquirió la Sirena de Fiji

Para 1842 la sirena vuelve a aparecer, esta vez en manos de P. T. Barnum, empresario dueño del Museo Americano de la ciudad de Nueva York, y con el título oficial de Sirena de Fiji. Sobre ese período de tiempo, el libro de Irving Wallace, El fabuloso empresario (la vida y la época de P. T. Barnum), es esclarecedor. Cuando el ejemplar llego a manos de Barnum, éste se encargó de darle la publicidad adecuada.

El Doctor Griffin –que en realidad era su colaborador en el trabajo, Lyman-, del (inexistente) Liceo de Historia Natural de Londres, llevaba consigo la Sirena de Fiji y había aceptado presentarla ante el público norteamericano. Barnum se encargó de que se publicaran grabados en periódicos y fueran repartidos diez mil volantes, ganó una fortuna.

La última vez que se menciona a la verdadera Sirena de Fiji es en 1859, por lo que se presupone que fue quemada o destruida, aunque varios lugares reclaman presentar la original, como el programa de televisión Ripley’s Believe it Or Not. Sin embargo, existen otros ejemplares de sirenas falsas que se pueden apreciar en el Royal Pavilion Museum de Brighton, en el British Museum de Londres o en el Museo Peabody de Etnología y Arqueología de la Universidad de Harvard.

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